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El texto que conservamos, como venimos indicando, se limita a una sola lÃnea que recorre la cubierta de cabeza a pies, sin rastro de más escritura ni de borrado alguno. Sin embargo, el grueso de la bibliografÃa ha seguido la lectura ofrecida por Ambrosio de Morales (con pequeñas variaciones que no consignamos en el aparato por tratarse de variantes gráficas). Su lectura, no autóptica, depende en última instancia de la información que le hizo llegar el entonces obispo auriense, Juan de San Clemente. Nada indica que las dos últimas lÃneas transcritas por Morales, como bien indicó ya del Castillo (1930, 133-135), se llegaran a grabar. Tan solo encuentra apoyo su existencia en el dibujo que el padre Sobreira incluye en el f. 28r del manuscrito RAH 9/4041. Dada la fiabilidad habitual de este en materia epigráfica, autores como Fernández GarcÃa (2001, 77-78) han reivindicado su posible veracidad. Del mismo manuscrito debió beber Hübner durante la redacción del IHC. El propio del Castillo (1930, 134-135) explica esta circunstancia aludiendo a que la copia de Sobreira está ‘en un trozo de papel partido que parece parte de una carta’, quizá recibida de algún otro interesado en estas cuestiones. A ello hay que sumar, ya sabiendo además que la autopsia es un obstinado obstáculo en contra de su existencia, un último dato planteado por Freire (1998, 257-278), autor que más en profundidad ha estudiado la pieza y a cuyo análisis remitimos para mayores detalles. Este autor compara la versión del epitafio transmitida por Morales con el colofón de la Vita sancti Vintilae eremitae que edita Flórez (1789, 234-235): la coincidencia entre ellos es absoluta. Debe, por tanto, proceder de este texto, que para Barrau-Dihigo ‘paraît moderne et ne mérite pas qu’on s’y arrête’ (1921, 32). Aclarada la falsedad de las lÃneas 2-3 de Morales, resta explicar la inscripción original conservada. Freire (1998, 272) sugiere que la parte de los pies se fracturara intencionadamente para poder vincularla con Vintila, hecho que no necesariamente hubo de ocurrir, pues bien pudo ser al revés: una cubierta dedicada a un incógnito que, precisamente por eso, la tradición oral ligó a un eremita local. De lo que no existen dudas es de su originalidad, sustentada en el análisis de sus rasgos externos y en la identificación de paralelos paleográficos. Lorenzo Fernández (2024, n.º 369).
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