Hesperia

Banco de datos de lenguas paleohispánicas

Presentación Onomástica

 

 

Acceso a la base de datos de Onomástica

 

1.LA ONOMÁSTICA HISPANA

En este apartado se recogen los testimonios onomásticos hispanos, que, en parte, han llegado hasta nosotros en los propios documentos epigráficos indígenas, pero que frecuentemente tienen una transmisión indirecta, a través de textos escritos en latín. Está fuera de toda duda que los datos que nos proporcionan los nombres propios, sean de persona, de divinidad o de lugar, tienen implicaciones en varias disciplinas, y constituyen una fuente importante de conocimiento de las lenguas antiguas.

Primeros estudios

El aprovechamiento de las diferentes propiedades de la Onomástica como disciplina auxiliar de la Lingüística, con el fin de aproximarse a la situación de la península ibérica en la antigüedad, ha sido variado y puede merecer unos comentarios historiográficos. El primer estudio importante de los datos onomásticos, concretamente de los hallados en las obras literarias, se debe a Wilhelm von Humboldt, gran conocedor de las fuentes clásicas, quien en 1821 elaboró un estudio sobre los nombres hispanos presentes en los autores griegos y latinos.

En su Prüfung Humboldt se percató de algunos rasgos que matizaban la opinión mayoritaria que tenía al vasco (=ibero) como la lengua más antigua y única de Hispania; en concreto, no se avenía bien con el patrimonio léxico del ibero la presencia de nombres con r- inicial, como en el antropónimo Rectugenus. Junto a esta peculiaridad se encontraba el hecho de que los formantes en -briga de algunos topónimos (como Segobriga o Arcobriga) tenían paralelos en otras regiones de Europa (como en los Brigantes de Britannia y Germania). Esto permitía suponer la existencia de otra capa lingüística aparte de la ibera en la península, concretamente la celta, de la que también daban cuenta las fuentes antiguas.

Los herederos de Humboldt

Tras la obra de Humboldt, Emile Hübner se convirtió en el gran epigrafista peninsular, y desarrolló una completa labor no solo en lo concerniente al mundo romano, sino también en el ámbito de los materiales indígenas. Hübner recopiló la información epigráfica en latín, que publicó en los volúmenes hispanos del Corpus inscriptionum Latinarum (CIL II y CIL II Suppl.), y además dedicó una obra específica a los materiales propiamente indígenas en sus Monumenta linguae Ibericae (MLI), entre cuyos índices se pueden recuperar información sobre antropónimos, teónimos, nombres geográficos, etc.

El lingüista Hugo Schuchardt tomó el relevo de los estudios onomásticos y, tras el descubrimiento del Bronce de Ascoli en 1908, relacionó los nombres de los jinetes de la Turma Salluitana con los de la región ibera, insistiendo en el parentesco de esta lengua con el vasco. Él fue el primero en interpretar la estructura de los nombres ibéricos tal y como la entendemos hoy día.

Sin embargo, podemos conceder a Gómez Moreno el privilegio de ser el primero en dibujar un mapa de distribución de antropónimos hispanos (1925), poniendo de manifiesto una virtualidad de la Onomástica, la de ser capaz de establecer áreas geográficas de la extensión de una lengua.

Ya el mismo Humboldt había observado que los topónimos que contenían el elemento -briga se extendían por la zona central, septentrional y occidental de Hispania de una manera bastante uniforme; esta distribución llevó posteriormente a la conclusión de que la región había sido de habla celta, lo que la oponía al área ibera, aquella en la que abundaban otro tipo de formantes para los nombres de lugar, concretamente ili- / ilti- (como en Iliberri). La idea de que el elemento -briga fuera un desarrollo fonético particular de las lenguas celtas a partir de la raíz *bhrgh- ponía de relieve otra de las propiedades de la onomástica, como era la posibilidad de asignación de raíces léxicas a una lengua determinada, partiendo de la idea de que algunas evoluciones fonéticas son verdaderamente características en determinadas familias lingüísticas.

A Gómez Moreno debemos también una nueva interpretación de la situación peninsular al rediseñar esta división “Hispania celta / Hispania ibera” como “Hispania indoeuropea / Hispania no indoeuropea”; la identificación posterior de nuevas lenguas, como la lusitana en la región indoeuropea (cf. Tovar 1985) o la onomástica vascona en el área no indoeuropea (cf. Michelena 1961), avalaron la nueva propuesta de división lingüística en Hispania.

 

LA ANTROPONIMIA

Los materiales que Hübner había sacado a la luz (y los de otras publicaciones como las Ephemerides Epigraphicae o el Boletín de la Real Academia de la Historia, que iban dando cuenta periódicamente de las novedades) sirvieron como base a los pioneros estudios antroponímicos peninsulares. Los trabajos parciales de autores como Fidel Fita, Manuel Gómez Moreno o Antonio Tovar sirvieron como avance de lo que iba a ser la etapa más sistemática del estudio onomástico, que fue iniciada por Jürgen Untermann y otros, con trabajos publicados a mediados del siglo XX. Estas obras eran básicamente los Elementos de Untermann, las obras de Palomar para Lusitania y de Albertos para el resto de la península, y un estudio comparativo de Rubio Alija sobre distribución onomástica.

El objetivo de cada uno de estos trabajos era algo diferente: mientras que la obra del profesor alemán desarrollaba una forma de estudio dirigida a la creación de mapas de dispersión de los antropónimos (utilizando la ya apuntada capacidad para establecer áreas geográficas de extensión de una lengua, vid. Untermann, Elementos, págs. 11-12), la escuela española priorizaba un estudio más etimológico de las formas documentadas (sirviéndose de la posibilidad de la onomástica de asignar raíces léxicas a una lengua concreta). Con el tiempo Albertos fue capaz de recoger el testigo del estudio onomástico hispano y de unir ambas virtualidades del estudio onomástico, admitiendo (vid., por ejemplo, Albertos 1983) la importancia de la noción de “área antroponímica” que Untermann había desarrollado.

Los descubrimientos epigráficos seguían proporcionando información y comenzaba a ser necesario contar con publicaciones que pusieran al día los nuevos datos y facilitaran su consulta. Hispania Antiqua Epigraphica había sido un útil modelo de repertorio epigráfico que comenzó a publicarse en 1950 y que, desgraciadamente, no conoció una continuidad más allá de finales de los años sesenta. En 1989 tomó su relevo Hispania Epigraphica (HEp) de una manera algo titubeante en los primeros números, pero hoy puede decirse que se ha afianzado como una obra fundamental de actualización del panorama epigráfico hispano. Estas obras se encontraban auxiliadas por el utilísimo Année Épigraphique (AE) que, sin discontinuidad desde 1888, da cuenta de las novedades epigráficas de todo el Imperio romano.

En 1994 publicó José Manuel Abascal un repertorio de la onomástica hispana en la epigrafía latina; sus Nombres personales se convirtieron en una obra de referencia que recogía los datos onomásticos desde el CIL hasta las últimas publicaciones, algunas realmente dispersas.

El mundo indoeuropeo

Paralelamente a la obra de Abascal, el Grupo Mérida iniciaba el estudio de la onomástica de la Lusitania romana, publicado en 2003 como Atlas antroponímico de la Lusitania romana. La participación, en este tipo de proyectos, de investigadores ajenos al mundo de la Lingüística ponía de manifiesto el interés que la Onomástica despertaba en otras disciplinas relacionadas con la Antigüedad. En la obra, el capítulo I “La onomástica indígena”, a cargo de Gorrochategui y Vallejo, estudia las características principales de la onomástica lusitana a partir de la distribución cartográfica de nombres y elementos.

Estas recopilaciones modernas, que integraban ya en su proceso las ventajas de las herramientas informáticas, adolecían también de algunos inconvenientes; la obra de Abascal no consideraba los nombres incluidos en las inscripciones indígenas, y el atlas del Grupo Mérida se circunscribía únicamente a la provincia romana de Lusitania.

Con posterioridad, los materiales celtibéricos recogidos por el vol. IV de los Monumenta linguarum Hispanicarum (MLH) de Untermann o por la obra de Beltrán et alii 1996 complementaban en parte los datos indígenas, y el conjunto de la epigrafía indoeuropea de Hispania quedaba así completo.

En 2005 José M. Vallejo publicaba el estudio lingüístico de la onomástica indígena de la Lusitania romana que, de alguna manera, venía a actualizar la obra de Palomar 1957; allí se incluían también los (pocos) datos onomásticos en epigrafía lusitana. A partir de esta obra, que utilizaba también datos indígenas externos a Lusitania, se gestó la base de datos que sirvió para la elaboración de las fichas onomásticas del Banco de Datos Hesperia.

El mundo no indoeuropeo

Dado que las secciones epigráficas del Banco de Datos Hesperia pretenden recopilar todas las inscripciones peninsulares, no podía quedar de lado la onomástica ibérica, que parcialmente había sido recogida por Abascal 1994 cuando estaba transmitida en la epigrafía latina. Nuestro gran desconocimiento de la lengua ibérica, y las peculiaridades de su escritura obligaban a que el modelo de introducción de los datos y su consonancia con el resto de la onomástica peninsular supusieran un reto para el equipo. La ayuda de Eduardo Orduña para la creación del modelo de ficha y la colaboración de Noemí Moncunill fueron determinantes.

La onomástica ibérica había recibido ya una atención especial por parte de Untermann, quien confeccionó un listado de los componentes antroponímicos ibéricos (MLH III, § 7); Moncunill había estudiado en su proyecto doctoral el léxico ibérico, de donde había extraído la información onomástica, que publicó en 2010. Estas dos obras han servido como fuente principal de información, sin olvidar la existencia de otros referentes como Jesús Rodríguez Ramos.

El área vascona, que ha visto incrementado su corpus de una manera importante, tiene, en obras como Gorrochategui 2006, 2007 y 2009 o Fernández Palacios 2009, sus referencias fundamentales, y la región turdetana (detectada ya por Gómez Moreno) ha recibido una atención especial por parte de Javier de Hoz (vid., por ejemplo, De Hoz 2010a, 458-462).

Los datos de la base

Además de los nombres indígenas que podemos hallar en Hispania tanto en la epigrafía latina como en la no latina (monetal, ibérica, celtibérica, lusitana y turdetana), se incluyen los nombres literarios transmitidos por fuentes griegas y latinas (recogidos básicamente en el capítulo 21 de Humboldt 1821), y los nombres de personajes hispanos de fuera de nuestras fronteras que han sido recogidos por los distintos tomos del CIL para el resto del Imperio.

La actualización de los datos, sea como corrección de los ya existentes o como introducción de nuevos ítems, se hará de acuerdo a los mismos criterios que han facilitado su elaboración, es decir, a partir fundamentalmente de las publicaciones periódicas que, de un modo generalista (HEp y AE), ponen al día el panorama epigráfico peninsular. Tenemos además la ventaja de que, desde hace algunos números, HEp recoge las inscripciones indígenas en cualquiera de los signarios epicóricos hispanos, con lo que la consulta resulta mucho más sencilla. Hay que mencionar también la actualización de la epigrafía indígena peninsular que, a modo de Chronicae, publica periódicamente la revista Palaeohispanica.

Por el momento no hemos utilizado ninguno de los datos de las inscripciones del SO, demasiado dudosos en el estado actual de la investigación.

Mapa de antroponimia

Cuando proyectamos sobre un gráfico las poblaciones en las que tenemos atestiguados antropónimos indígenas recogidos en el Banco de Datos Hesperia, logramos un mapa general peninsular que da una idea gráfica bastante fidedigna de la cantidad de inscripciones que manejamos y de su extensión geográfica.

A pesar de todos los mapas parciales que se han confeccionado sobre la dispersión de nombres o de familias de nombres (cf. nuestra referencia básica, Untermann, Elementos), nunca se había elaborado un mapa como el que aquí recogemos, que cartografiara todas las poblaciones con testimonios antroponímicos indígenas.

Como hemos comentado, las distintas posibilidades de la Onomástica favorecen que sea utilizada en diferentes aspectos: el primero, el de la dispersión geográfica de las lenguas, permite parcelar el mapa anterior en varias áreas menores y asignar a cada una de ellas algunos nombres que única o mayoritariamente se atestiguan allí. Así, podemos situar en Celtiberia nombres como Segontius, Letondo, Rectugenus o Melmandus; en la región occidental, Tanginus, Sunua o Apana; en el área vascona, Abisunhari, Abisunsonis o Vmmesahar; y en la región ibérica, bilostibaś, biuŕtaŕ o sakaŕiskeŕ. Otra característica de la onomástica, la posibilidad de emitir hipótesis etimológicas, pondrá de relieve otros rasgos que caracterizarán lingüísticamente a esos nombres: ausencia de p en las formas celtas, ausencia de grupos consonánticos en el mundo ibero o vascón, presencia de aspiraciones en las áreas vascona o turdetana, etc. A modo de ejemplo, podemos observar uno de estos mapas parciales, concretamente el de la ubicación de las unidades suprafamiliares.

 

LA TEONIMIA

También fueron las obras de Hübner las que sirvieron como primera recopilación general de los nombres de divinidades. La atención por estos testimonios sobrepasaba lo meramente lingüístico, y despertaba el interés de otras disciplinas como la Antropología o la Historia de las religiones.

Los estudios sobre los nombres de divinidades peninsulares se inician de una forma general con la obra pionera de José Leite de Vasconcelos a principios del siglo XX, y reciben una atención especial y sistemática con los trabajos de José M. Blázquez en España o de José D’Encarnação y José Manuel Garcia en Portugal. Esta parcelación del estudio por países (hecho que no se ha producido en la misma medida en la antroponimia) es una característica bastante acusada en los trabajos teonímicos, y no ha facilitado en todos los casos una visión de conjunto.

Más modernamente contamos con trabajos como los de Blanca Prósper, Carlos Búa, Juan Carlos Olivares o el proyecto FERCAn de la Academia Austriaca de las Ciencias.

Mapa de teonimia

De forma similar a como hemos procedido con la antroponimia, y con el mismo interés gráfico y visual, podemos obtener un mapa con todas las poblaciones en las que aparecen testimoniados nombres de divinidad, según los datos que figuran en el Banco de Datos Hesperia.

Este mapa de la teonimia peninsular muestra una dispersión menos uniforme que la antroponimia, lo que queda especialmente de manifiesto por la gran concentración en Lusitania-Gallaecia y por la casi ausencia en el área ibérica.

Otros mapas parciales también son posibles, y ponen de relieve, de igual forma que ocurre con la antroponimia, la capacidad de la teonimia de ayudar a la Lingüística, ya que pueden establecerse áreas menores de concentración de teónimos: en el Occidente, con nombres como Reue, Bandue o Nabiae, o en la Celtiberia, Lugu. Asimismo, algunos otros rasgos ayudan a caracterizar las áreas y, por extensión, las lenguas allí habladas, como la presencia de p- en los lusitanos Paramaeco, Paeteaico o Palantico, o la aspiración en los vascones Helasse o Larrahe, sin contar con la información lingüística que nos proporcionan los restos de flexión indígena en formas lusitanas como Nemucelaicabo.

 

La ficha de la tabla “Antroponimia y teonimia (Corpus)”

El proyecto Hesperia recoge, dentro de su base de datos onomásticos una tabla que hemos denominado “Antroponimia y Teonimia (Corpus)”, que contiene, en cada uno de sus registros, los datos de un individuo en cuya secuencia onomástica aparezca un nombre indígena, ya sea en el idiónimo, en la filiación o en la unidad suprafamiliar. En las casi 5900 fichas están incluidos desde los textos ibéricos más antiguos hasta las últimas inscripciones latinas del Bajo Imperio, lo que implica en la práctica más de 7000 testimonios de nombres. Se recogen todos los antropónimos de inscripciones latinas, griegas, celtibéricas, ibéricas, turdetanas y lusitanas. Están incluidos también los nombres literarios transmitidos por las fuentes greco-latinas, y los nombres de individuos hallados fuera de la península que declaran su origen hispano.

En el campo de “Secuencia onomástica” están recogidos los nombres tal y como aparecen en la inscripción, con lo que queda de manifiesto la relación que se establece entre los distintos elementos. Las grafías no latinas se han adaptado a los estándares más aceptados, según la transcripción que se ve en el apartado epigráfico del BDHesp, al que remitimos para cualquier duda que pueda surgir sobre los signarios hispánicos. Para las regiones cuya epigrafía no está disponible aún en el BDHesp (ibérico meridional, turdetano o greco-ibérico), hemos seguido las transliteraciones de MLH III. Al igual que en el apartado epigráfico, el sistema dual de los signarios se señala con un acento sobre la vocal en aquellos silabogramas que están hipercaracterizados.

Los campos subsiguientes están diseñados para destacar la función de cada uno de los elementos de la fórmula, lo que, no obstante, no afecta para su estudio y consideración lingüística: el campo “Nomen” recoge en nominativo las formas indígenas que funcionan como nomen gentilicium en las fórmulas onomásticas de tria nomina (o duo nomina en inscripciones más tardías). Evidentemente, no se excluyen los elementos latinos cuando el individuo presenta otros elementos indígenas (por ejemplo, P. Iulius G. f. Gal. Tanginus). El campo “Cognomen / nombre único” incluye los nombres que en la fórmula onomástica romana aparecen como cognomina y los idiónimos que en los modelos indígenas identifican al individuo, de función más o menos equivalente a aquellos. El apartado para “Filiación” incluye el nombre del padre o de la madre y, aunque en las inscripciones aparece en genitivo, ha sido lematizado en nominativo, salvados algunos problemas que ocasionan las terminaciones en -i, dado que según la práctica epigráfica latina, pueden corresponder a nominativos en -us o en -ius. De la misma manera que en los campos anteriores, no se excluyen las filiaciones latinas cuando acompañan a nombres indígenas (e.g., Tanginus Capitonis f.). El campo de “Unidad suprafamiliar” es el único que no modifica el caso en que aparece el nombre, sea este genitivo de plural (el más abundante) o nominativo de plural, u otros en singular en los que hay concordancia con el caso en que aparece el idiónimo.

Inmediatamente bajo la “Secuencia onomástica” aparece el campo “Teónimo”, donde se recogen los nombres de las divinidades indígenas, vayan o no asociados a un individuo; de esta forma quedan incluidos todos los nombres hispanos de divinidades, sea en inscripciones locales o latinas. Suman algo más de 700 entradas, donde se recoge en primer lugar la forma de la divinidad en el caso en que se documenta, generalmente en dativo (e.g. Bandue), seguida de la secuencia de letras conservadas en la inscripción (e.g. Ba[n]due); el propósito es favorecer las búsquedas y facilitar la ordenación de los nombres. Cuando en una inscripción aparecen dos o más individuos como oferentes de una única divinidad, el nombre de esta se ha repetido en las distintas fichas, pero solo en una es una referencia ordinaria; en las otras el teónimo se ha incluido entre paréntesis angulares (< >) para expresar que debe ser eliminado a efectos de cómputo de atestiguaciones.

Un pequeño campo para “Observaciones” completa la información epigráfica y filológica en cada registro. Por otro lado, cada una de las fichas añade a los datos meramente onomásticos una referencia bibliográfica lo más actualizada posible, los datos de localización geográfica y un mapa que ilustra la procedencia exacta del nombre; en el caso de los individuos que, fuera de su lugar de procedencia, declaran su origo, es esta la que sirve para establecer la localización geográfica.

Las búsquedas relacionadas con la antroponimia y la teonimia también pueden realizarse según distintos criterios, sean estos estrictamente onomásticos o geográficos. Así, pueden buscarse nombres indígenas según su función en la secuencia onomástica (en los campos “Nomen”, “Cognomen / Nombre único”, “Filiación”, etc.), según su distribución por localidades o provincias, de acuerdo a su aparición bibliográfica, o combinar todos los criterios. Las sintaxis más habituales que facilitan algunas búsquedas complejas aparecen en la propia página de búsquedas. Los resultados de estas búsquedas pueden ser reflejados siempre en un mapa o en un archivo pdf.

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